Tenemos ya de entrada aquí un tema interesante: el destinatario. En el breve relato «Una carta de amor» la carta es enviada aparentemente sin destinatario, o más bien el destinatario es el deseo, el futuro ¿uno mismo? ¿cualquiera?. Esto nos lleva también a pensar sobre la finalidad de la carta de amor, que parece que tiene un propósito muy directo pero quizá sea extremadamente oblicuo o indirecto.
Pedro Salinas también habla del equívoco del destinatario. La posibilidad de 3 destinatarios diferentes:
- el que redacta la carta
- el destinatario intencional único, el tú, el otro
- el público.
Siguiendo de nuevo a Roland Barthes: “Nunca sabemos a quién se dirige el discurso amoroso (si pensáramos que se dirige simplemente al objeto amado –al tú-, todo estaría dicho y no merecería la pena empezar nuestro viaje). Como máximo podríamos esbozar una tipología de los lugares en los se produce este discurso: lugar intracorporal, lugar compartido, lugar público y lugar cero
Lugar intracorporal
Lenguaje en la cabeza, lenguaje silencioso, pero no mudo, soliloquio amoroso, como un falso diálogo.
Existe un lugar narcisista que antes que cualquier otra cosa, se ve a si mismo en la carta. En el amor existe un componente imaginario, ilusorio: la ilusión del amor de alcanzar lo completo y lo complementario, la fusión de los cuerpos. Es el esfuerzo inútil ¿estéril? de la construcción de una ilusión.
Hay que hacer notar que Roland Barthes está ubicado en un concepto de amor romántico como modalidad existencial, en el cual cobra una intensidad especial el éxtasis de los inicios, el encuentro, el rapto, el enamoramiento. Y habla sin duda menos de la construcción del amor.
“Las cartas de amor –le escribe Kafka a Melina- son una relación con fantasmas: los besos escritos no llegan a destino, son bebidos por los fantasmas por el camino”. Las cartas de amor llegan siempre a destino, los besos no.
Lugar compartido
El destinatario intencional único. Se puede pensar que es un lugar compartido de diálogo o de soliloquio con el objeto amado.
Como todo deseo, la carta de amor espera su respuesta; obliga implícitamente al otro a responder. Implica al otro al que se trata de seducir. La carta de amor espera reciprocidad, fuerza, obliga a la reciprocidad. Alguien soporta las cartas, alguien soporta las consecuencias.
¿A quién pertenece la carta? ¿A ambos a mí y a ti?
Si pertenece al que la envió, ¿en qué consiste el don de una carta?, ¿por qué se envía una carta? Y si pertenece al destinatario, ¿cómo es posible que en determinadas circunstancias devolvamos sus cartas a ese personaje que nos bombardeó con ellas durante una parte de nuestra existencia? ¿Por qué se devuelven cuando una relación se rompe?
A veces también se destruyen como un acto de venganza extrema como el caso de la mujer de Gide que destruyó las cartas que él le había enviado cuando supo que se había enamorado de un hombre. Esto para Gide era amputarlo, porque las cartas eran parte de su obra literaria.
¿La carta es un espacio compartido, de dos, ni de uno ni del otro?
Existe una frase enigmática de Lacan: “Una carta siempre llega a su destino” Lacan dice que “una carta siempre llega a su destino dado que éste está donde quiera que aquélla llegue”. ¿El destinatario siempre es incierto? O más bien ¿que la única carta que llega completa y efectivamente a destino es una carta no enviada?
El público
Lugar social. Pensemos sobre ello. ¿Qué sentido tiene publicar las cartas de amor? Algunos escritores han publicado sus cartas de amor, pensemos en la historia de la literatura. Poemas de amor, incluso obras como La divina comedia de Dante o Werther de Goethe, por citar alguna.
Hannah Harendt piensa que el amor “es uno de los hechos más raros en la vida humana, posee un inigualado poder de autorrevelación”.
Kafka escribió más de 300 cartas en un año a Felice. Es un lugar de búsqueda personal, de conocimiento (verdad como diria Badiou), de saber sobre sí mismo, de búsqueda de la propia geografía interior. La carta de amor como la cartografía de uno mismo. Es un interrogante sobre la propia geografía interior y emocional, las necesidades propias y los propios accidentes de cada cual.
En mi obra
Yo hago intervenir cartas de amor en mis obras, lo llevo haciendo desde hace tiempo, con más o menos consciencia, tentativamente al principio, ahora con más saber, o más interrogantes. ¿Cómo me planteo las obras que llamo “Los lechos de Medea”? Hago un recorrido a través de otro para volver a mi, a quien los escribe. Escribir para un otro, como función de uno mismo. Es como dibujar una gran circunferencia, echar un lazo, objeto amado, el otro, pero a la espera de que la circunferencia complete la segunda parte y vuelva de nuevo a mi. No necesito una respuesta pero sí un recorrido imaginario por el otro, la figura del amor, la figura del amado, otros personajes (Medea) como lugar de identificaciones.
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