Durante cientos de años la comunicación y el tanteo entre amantes se escribía a través de cartas, largas, cortas, mensajes, billetes. Hay que pensar que se necesitaba cierto alfabetismo y por eso existían los escribientes de cartas para analfabetos. En el envío de la carta de amor intervenían también los mensajeros y más adelante, hasta nuestros días, los servicios postales, un sistema estatal que garantiza y certifica que la carta llega a su destino.
Las cartas de amor eran escritas de puño y letra, la caligrafía daba fe de su autenticidad, en ocasiones firmadas con sangre y semen, no podían ser falsificadas. Su materialidad importaba: eran besadas, perfumadas. La tinta, el tipo de papel, el sobre, el sello, el lacre, todo importaba. A veces iba acompañada de un rizo, un objeto, talismanes para la caricia, para hacer presente algo del ausente y así al parecer paliar la ausencia.
La aparición violenta del teléfono rompió esto. Para Rafael Argullol esto nos sumergió en un ambiente de cine negro. En las películas la gente no se enviaba cartas sino que se telefoneaba, y de ahí la crudeza, la rudeza, la violencia de las relaciones. No existía el tanteo previo. El teléfono es descarnado, desnudo, no permite demorar la respuesta. Exige que varíes tu propia táctica en función de las respuestas que vas recibiendo. En la voz desnuda en el teléfono, exige mayor exposición de uno mismo si lo comparamos con la escritura que vela y viste al remitente.
No obstante, hay que hacer notar que efectivamente en la época de las máquinas de escribir, desde finales del XIX y durante todo el siglo XX las cartas de amor se seguían escribiendo a mano.
Ahora ya nadie envía cartas por correo, las nuevas formas de la carta de amor de siglo XXI se dan en el sms, en el email, en las redes telemáticas. Estas tecnologías de envío instantáneo, de simulación del tiempo real, permiten aún un tiempo de respuesta; nos permiten unos segundos, minutos, horas para dar una respuesta y variar la estrategia. Aquí es donde se cuela la carta de amor, el tanteo amoroso.
Mientras en la carta había una estrategia a largo plazo, donde se introducía el tiempo y la distancia, también un deleite en la espera de la recepción. Ahora la estrategia del sms y del email es más sibilina: ofreces un fragmento, esperas la respuesta, ofreces otro fragmento, como piezas de un puzzle, más en consonancia con los nuevos rituales y las nuevas sensibilidades amorosas de nuestra época.
En “La tarjeta postal” Jacques Derrida sugiere la posibilidad de una red de comunicaciones sin destino o destinatario en la que todo mensaje se dirija a quien le pueda interesar, un sistema que valore la interferencia por encima de la transparencia, o el orden (postal). ¿No es esto internet, las redes telemáticas? Una escritura abandonada a su propia suerte, entregada a un imperio sin límites.
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